GACETA DE LA SOLANA NÚMERO 319
Gaceta de La Solana 18 Historias con sabor a feria Manuel, medio siglo entre noches y berenjenas: “Es mi vida” A urelio M aroto H ubo un tiempo en que ir a la fe- ria significaba acabar con una berenjena en la mano. Bastaba acercarte al puesto de turno, con orzas de barro repletas del célebre encurtido. Con el “culo en pompa” apurábamos el caldo y nos limpiábamos en aquellos pañuelos comunitarios que pasaban de mano en mano sin que nadie pusiera mala cara. Eran otros tiempos. Más sencillos. Más despreocupados. Y para algunos, más auténticos. En aquellos veranos de las últimas décadas del siglo pasado ya andaba un muchacho recorriendo los veladores con un cubo lleno de berenjenas. O de acei- tunas. Se llamaba Manuel Sánchez Se- rrano, que había llegado desde Almagro de la mano de su padre y difícilmente podía imaginar que aquel viaje acaba- ría convirtiéndose en una tradición de más de medio siglo. Hoy tiene 65 años y acumula 53 ferias consecutivas en La Solana. Un récord silencioso que pocos pueden igualar. Detrás de las orzas sigue el recuerdo de Berenjenas La Jaula , la histórica marca familiar. Manuel ha visto pasar generaciones enteras en busca de ellas. Ha visto cómo los niños que un día compraban un cucurucho de encurtidos regresan décadas después con sus pro- pios hijos. También ha aprendido que la feria cambia sin dejar de ser la feria. Los primeros recuerdos siguen te- niendo como escenario el parque mu- nicipal. Allí se concentraba todo. Las tómbolas, los puestos de juguetes, los tirapichones, las casetas y unas atraccio- nes que muchos todavía identifican con el viejo “pajero”, donde se montaban los chavales de entonces. Aquella era una feria compacta, donde el bullicio pare- cía no terminar nunca y donde la gente paseaba despacio, sin prisas, dejándose llevar por el ambiente. Las berenjenas resisten Pero Manuel recuerda otra imagen que hoy resulta casi imposible de ver. Ni siquiera tenían un puesto como el actual. Llenaban cubos con berenjenas y reco- rrían las terrazas ofreciendo el género. “Íbamos por los veladores vendiendo di- rectamente a la gente”, rememora. Aque- lla venta ambulante, de mesa en mesa, formaba parte del paisaje festivo. Más de medio siglo después, muchas cosas han cambiado, también la forma de consu- mir. Manuel lo explica con la sencillez de quien no necesita estadísticas: “Antes vendíamos veinte orzas de berenjenas; ahora vendemos diez”. Las nuevas le- vas de jóvenes -y no tan jóvenes- tienen otros hábitos. La oferta gastronómica se ha multiplicado y las noches de feria ya no giran alrededor de berenjenas, pollo asado y patatas fritas. Sin embargo, los encurtidos siguen resistiendo con una fidelidad que sorprende incluso a quie- nes llevan toda la vida detrás del mos- trador. De hecho, continúan siendo un producto demandado, aunque los gustos también evolucionan. Si antes predomi- naban los sabores tradicionales, ahora la mayoría de los clientes busca un punto más de alegría. Manuel calcula que tres de cada cuatro berenjenas que pincha corresponden a variedades picantes. Detrás de cada feria hay mucho más trabajo del que imagina el consumidor. El pimiento, el cornacho, el hinojo y el resto de ingredientes empiezan a prepa- rarse durante el invierno. Es un proceso lento, artesanal, que requiere tiempo y paciencia mucho antes de que llegue el calor de julio. La Solana, un pueblo ‘caliente’ A la pregunta clave de si las ferias si- guen siendo rentables, Manuel respon- de sin dramatizar. “Si dijera que pierdo, mentiría, pero ya no es como antes”. La reflexión sirve para explicar la situación de un oficio que también ha perdido protagonistas. En Almagro llegó a ha- ber siete familias dedicadas al negocio. Hoy apenas queda la suya. Así que la ca- rretera continúa siendo su compañera inseparable. Valdepeñas, Villarrobledo, Villanueva de los Infantes, Madridejos, Consuegra o Villarrubia forman parte de un calendario que se repite cada ve- rano. Sin embargo, La Solana conserva un significado especial. “Este siempre ha sido un pueblo caliente”, afirma con esa expresión tan propia del mundo feriante para referirse a las localidades donde el público responde y el ambien- te acompaña. Aquí la gente sigue salien- do tarde. Todavía hay noches largas. Todavía queda esa costumbre de pasear sin mirar el reloj. Manuel Sánchez en su puesto de berenjenas y encurtidos el pasado 28 de julio. Ha sido noticia
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