GACETA DE LA SOLANA 315
Gaceta de La Solana 76 Vinos de aloque y... ¡alocados! S abemos que La Solana se desligó de la encomienda de Alhambra hacia 1440, pero quedó brumosa su fecha ¿1283? fundacional. Intuimos que debió ser pre- coz hija del empuje repoblador que ocupó la zona, allá por el último tercio del siglo XIII, como enclave de pastoreo estable tras la victoria cristiana de las Navas de Tolosa en 1212. Barruntamos que serían pastores sorianos los que se asentarían, tras la muy re- ciente -necesaria y forzosa- creación de la Mesta, en 1276, para aprovechar la fértil invernada de sus ovejas en La Moheda y La Veguilla, siguiendo la riba del Azuer o el manso paso de la colada de la Plata que enlazaba, desde Manzanares, el áspero norte serrano con el ya resuelto sur de la Cañada Oriental Soriana. Lo apoya la toponímica soriana replicada a lo largo del mesteño trazado montieleño/manchego: Alcubilla, Cubode La Solana,Manzanares, Tomillar, Perales, Cañamares, Tortillo... Sin embargo, no es la importancia caudal de la primitiva ganadería la que motiva el artículo, sino el, a menudo, desatendido mérito de nuestros tradicionales vinos. Vinos que nacían como cumplida parte de la ancestral triada mediterránea. Aunque se supone que compartían origen con los de Alhambra, La Membrilla y demás cercanías Resulta que, tras el floreciente auge de la ganadería ovina, en la agricultura se primó el cultivo de la vid y el olivar porque fijaban población; aunque el lento crecimiento de este último obligaba seguir con leguminosas y cereales para sobrevivir. Para implantar la vid ayudó mucho la experiencia en aclimatar los varietales usuales de la vieja Castilla: la fecunda “ cayetana ” o el “albillo”, para blancos, y el “hebén ” -uva de mesa y pasas-. Plantaron también “listán”, la t empraniella /cencibel y cardeniella / garnacha -citadas ya en el Libro de Alexandre, s.XIII- para los primeros tintos. Con el advenimiento de otras castas viníferas, se remataría las que, durante siglos, se asimilarían mejor a las condiciones de nuestro “terroir”. Nos quedan, también, unas reseñas de hace cinco siglos de que los tintos fueron, con ventaja, los más demandados entre los de La Solana, La Membrilla y Campo de Montiel, que se citan en el Banquete de Nobles Castellanos, de Luis Lobera de Avila, -1530- “el vino de Ciudad Real, si no está adobado, es medicinal”, y en coplas de “cojo”, de maese Alonso de Toro, dedicadas a la abundancia de vino en 1532: “En Manzanares, Daimiel, La Membrilla y La Solana y todo el Campo de Montiel, mucho vino dan por él. En Valdepeñas y el Moral, vino tinto angelical más suave que la miel.” Un siglo más tarde, en el XVII, los vinos manchegos en general, y los de Ciudad Real, Esquivias y La Membrilla -con el Licenciado Vidriera- en particular, se ensalzaban, y mucho, en novelas y obras teatrales del Siglo de Oro. Sin desdeñar los famosos y broncos de San Martín, Arganda y Cebreros, tan gratos -durante más de dos siglos- al paladar de la corte de los Austrias. El cambio de esa dinastía por la de los Borbones, favoreció el comercio de nuestro vino que dejó de ser un tanto rústico y comarcano para convertirse, también, en más ligero y capitalino al llegar acompañado a la corte de la mano de los amables aloques de Valdepeñas. Y es que el marco de plantación de nuestro vidueño -blanco el 70%- y tinto -el 30%- ya auguraba una antigua fórmula del aloque , recogida en la Historia Naturalis, de Plinio, El Viejo -77d.C-, que dictaba como lograr vinos ligeros vinificando juntas una gran mayoría de uvas blancas con muy discreto aporte de uvas negras; lográndose así un vino, con cierta nobleza, que seguía el método natural. También se podía -por defecto- mezclar un gran volumen de vino blanco con otro mucho más pequeño de tinto, hasta conseguir un artificioso vino ligero; eso sí, de brillante color rubí y frutoso sabor agridulce, el fresco aloque valdepeñero . Eran vinos parejos, por su bermejo aspecto y frutal fragancia, a los selectos vinos franceses de Anjou, Poitou y Saumur. Siendo un atinado remedo, entre manchego y montieleño del evocado y prístino vino blanco del Loira, y del tinto de brillante color rubí que, los finolis cortesanos gabachos de Felipe V, tanto requerían y añoraban. Cupo al rey Carlos III y a sus ilustrados ministros Jovellanos -Informe sobre la Ley Agraria- y Olavide -Plan de colonización de Sierra Morena-, la Antigua bodega Desde mi retiro
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